No fue un miércoles más de agosto.
Cortamos hojas de diarios, seleccionamos lo que a nuestro criterio era lo más importante. Coincidimos en tanto que me asombra.
La librería es un lugar maravilloso. Y el proyecto se encamina...
Después me encontré en mi nueva faceta culinaria: no me importó llorar por la cebolla porque reía por dentro. Y sonreía.
Y supe que la verdura puede ser una cosa exquisita y me doy cuenta recién ahora, a mis 22 años: la mezcla de zanahoria, cebolla y morrones junto a fideos largos y carne es casi orgásmico.
No tomé café porque ya estaba llena. Miré las fotos de la "famosa quinta" que será en un tiempo muy próximo. Qué hermoso lugar, que paz.
Hay momentos que persisten, que parecen de otro mundo, como esas charlas, como las miradas eternas que conectan nuestros pensamientos y hasta nuestros cuerpos, sin tocarse.
Despertarse.
Tomar el tren. Toda la energía que me saca ese lugar se compensa si uno empieza a leer la contratapa de "Crónica de una muerte anunciada". Es como que ya no estába ahí.
Y otra vez las nueve repetidas horas de todos los días del año.
Mi jefe es un personaje, ayer contó que se bajó el Angry Birds y hoy trajo Biscuits. Qué hombre más simpático.
Creo que mi almuerzo va a ser uno de los mejores en mucho tiempo.
Y parece que el futuro promete grandes grandes cosas.